Excursiones de la Institución Libre de Enseñanza


En el Boletín de la ILE número 871 del año 1932 aparece la nota de la excursión realizada por los alumnos de la ILE el 4 de mayo de 1924. La nota está escrita por José Giner Pantoja (a la izquierda en la fotografía), hijo de Alberto Giner Cossío y futuro Vocal-Delegado del Patronato del Orfanato Nacional de El Pardo, y José Ontañón (en la fotografía, la persona de la derecha). El texto dice:
"Excursión que muchas veces se ha repetido, y que generalmente, hacemos en primavera o en otoño, porque en estas estaciones es cuando más se goza de la Naturaleza, que tan espléndida se muestra, con pródiga variedad, en todo el recinto de este bosque, cuya mancha de encinas se extiende desde la Sierra hasta las puertas de Madrid.
Casi siempre se hace un paréntesis en el día de campo para visitar el Palacio, la Casita del Príncipe y el Convento del Cristo.

En este día, salimos a las nueve de la mañana y llegamos a pie hasta el pueblo.

Palacio
. Es el más viejo de los palacios reales que conservamos, aunque la obra actual no comienza hasta mitad del siglo XVI. El Pardo ya fue coto de caza en el XIV, y se cita en el Libro de la Montería, de Alfonso XI. No hay datos de que en este tiempo hubiese palacio; pero sí sabemos que Enrique III, a comienzos del XV, levantaba uno en este mismo lugar. A él acaso corresponda el foso, que aun subsiste. La edificación primitiva, que debió reformarse en sucesivas ocasiones, especialmente por los Reyes Católicos y Carlos V, fue demolida, por orden de éste, para hacer una de nueva planta, en 1543. Luis de Vega hizo los primeros planos, y la obra continuó en manos de Antonio de Segura, Diego Sillero y Pedro García de Mazuecos. Terminábase en 1558, y la decoración interior correspondió toda al tiempo de Felipe II, perdida casi en absoluto en un incendio en el año 1604. Francisco de Mora, en tiempo de Felipe III, repara el edificio, y Carlos III, en 1772 encarga a Sabatini la ampliación, en otro tanto, del palacio, que era reducido para toda la Corte. En tiempos de Carlos IV y Fernando VII se amuebló de nuevo y se pintaron nuevos frescos que sustituyeron, salvo el magnífico que se conserva de Gaspar Becerra, a los de los Caxés y Vicente Carducho, mutilados en el fuego algunos y desaparecidos en el otros. Bayeu, Maella, Zacarías Velázquez, Gálvez y Ribera reemplazaron con sus pinturas neoclásicas a las ya indicadas. Sabido es que la mayor riqueza de este palacio es su colección de tapices, algunos del XVII, y, en su mayoría, del XVIII procedentes, casi en su totalidad, de la fábrica de Santa Bárbara, y hechos por los cartones de Goya, Bayeu y Maella, entre los españoles, y Wouweman y Teniers entre los extranjeros.
La fachada primitiva es la de poniente, entre dos torreones de ángulo, que ostentan sendos escudos de Carlos V, y luce una puerta sencilla del Renacimiento, con la cartela de la dedicación y la fecha de 1543, antes señalada.
El piso bajo conserva la serie de rejas del recacimiento (sic) que debió tener todo él, y que fueron sustituidas por los balcones actuales con la reforma de Sabatini, en tiempo de Carlos III.
El resto del exterior no ofrece ningún detalle de interés, salvo la línea general neoclásica, que el siglo XVIII imprimió a toda la obra, tanto nueva como vieja.
Al interior, hay tres patios: el primitivo, el de poniente, con sólo dos galerías opuestas de columnas jónicas y arcos rebajados, de un segundo Renacimiento. Las galerías altas, que eran adintaladas, con columnas y zapatas de granito, han sido tabicadas en los arreglos posteriores. Dos escaleras, en los ángulos de este patio, tienen algunos cuadros de interés. En la primera, existe el famoso retrato ecuestre, de D. Juan de Austria, el hijo de Felipe IV, que tradicionalmente se atribuía a Ribera, aunque sólo es obra curiosa de su escuela, y un lienzo de D. José de Madrazo, típico por su neoclasicismo, La muerte de Lucrecia. En la segunda, se ve el mediocre retrato ecuestre de Fernando VII y D. Carlos María Isidro.
De todos los techos pintados en los salones, el de la torre sudoeste es el de más importancia, por ser la única obra pictórica conocida de Gaspar Becerra, ejecutada por encargo de Felipe II. Representa escenas de la vida de Perseo, divididas en diferentes cuadros, entre renacientes estucos. Por desgracia, este salón fue convertido en cuarto de baño, y es de esperar que ahora vuelva a su primitivo estado.
En el lado norte, el salón que da al patio viejo también conserva techo pintado a comienzos del XVII, y un tercero, que subsiste en un salón cuadrado, cerca del gran comedor, es también de esta época, y su compartimiento central representa la rendición de Granada.
De todos los demás techos que, como se ha dicho, corresponden al fin del XVIII y comienzos del XIX, el más fundamental es el de Bayeu, del Salón de Embajadores, obra de 1774.
El mobiliario, casi en su totalidad, corresponde a los reinados de Carlos IV y Fernando VII, es decir, a los estilos franceses de Luis XVI e Imperio. Las sederías, de fines del XVIII también, son de Talavera y de Valencia; algunas, ejemplares magníficos, como la azul del saón que fue alcoba de la reina y la amarilla del Salón de Embajadores.
Completan el conjunto las porcelanas de Sèvres y del Retiro, y una gran colección de relojes de bronce dorado y de arañas de cristal de roca y bronce.
Los tapices, como se dijo antes, constituyen el principal interés del palacio. Su número es grandísimo, y decoran los muros de todos los salones. En la alcoba de Alfonso XII existía el única ejemplar del cartón de La gallina ciega, de Goya, y que se llevó al palacio de Madrid, y en el gran comedor y los salones que unen el de Embajadores con la galería del teatro, se muestran El pelele, Las floristas, La cometa, Los bandoleros, El quitasol y Los Perros, entre otros, del mismo.
En el Salón de Embajadores, frente a Los zancos y La nevada, de Goya, El juego de bolos, El choricero y El hombre del clavel, de Bayeu. En la cámara de la reina, y en los salones de poniente, están los más famosos de Teniers.

La Iglesia parroquial, unida al palacio por un arco de la época de Fernando VII, es de interés secundario. Obra de Carlier, guarda sobre sus altares cuadros neoclásicos de Juan Peña.

La Casita del Príncipe es un ejemplar muy armónico del reinado de Carlos IV. Está levantada aún en tiempo de Carlos III, aunque la decoración corresponde a su hijo. Tiene sólo piso bajo, y su ingreso es un modesto pórtico de dos columnas jónicas, con un escudo encima, y en él un gracioso enlace de todas las letras del nombre Carlos. Consta el interior de ocho salones, pintados al fresco por Bayeu y Maella, recubiertos sus muros por sedas y terciopelos valencianos. El vestíbulo es un notable ejemplar de neoclásico de estucos, con figuras de relieve en blanco, del estilo de Roberto Michel, y la rotonda está decorada con mármoles de colores.

El Convento del Cristo, a un kilómetro, en el lado opuesto del Manzanares, es fundación de Felipe III. Su exterior carece de interés. Lo tiene, y bien grande, la vista de Sierra, que se domina desde la esplanada de ingreso, con la silueta de Colmenar Viejo y la Sierra de San Pedro a la derecha, y el Cuchillar de Torrelodones a la izquierda.
Sobresalen en el interior las pinturas y la efigie del Cristo. Esta es obra de Gregorio Hernández, hecha para Felipe III; un buen ejemplar de la escuela vallisoletana. El cuadro del altar mayor lo hizo Francisco Rizi, por encargo de Felipe IV, en 1650. Representa la Virgen de los Ángeles y, en la parte inferior, San Felipe y San Francisco. En la Capilla Mayor, hay una Virgen del Consuelo, que perteneció a Felipe III, y que es una obra italiana del siglo XVI. Está ahora pegada en otro lienzo, donde se pintado a este rey, en adoración. Lucas Jordán tiene un San Fernando, y la escuela valenciana, un San Onofre, excelente ejemplar tenebrista.

El resto del tiempo lo pasamos remontando el Manzanares hasta la altura de la Fuente del Angosto (2 Km.); comimos a la orilla del río y regresamos a Madrid en un autobús público a las siete de la tarde."

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